Vergüenza y Testimonio en la literatura de Primo Levi

Introducción

La obra del italiano Primo Levi se enmarca dentro de lo que se dio en llamar la "literatura concentracionaria". En los años siguientes a la finalización de la guerra y con la intención de crear conciencia sobre lo ocurrido, aparecieron obras de autores que habían vivido en carne propia la situación en los campos de concentración. Levi quiere mostrar que el peligro es, justamente, la falta de conciencia sobre algunas conductas cotidianas aparentemente poco peligrosas:

Habrá muchos, individuos o pueblos, que piensen, más o menos conscientemente, que "todo extranjero es un enemigo". En la mayoría de los casos esta convicción yace en el fondo de las almas como una infección latente; se manifiesta sólo en actos intermitentes y descoordinados, y no está en el origen de un sistema de pensamiento. Pero cuando éste llega, cuando el dogma inexpresado se convierte en la premisa mayor de un silogismo, entonces, al final de la cadena está el Lager (Levi, Si esto es un hombre 27).

En el mismo sentido, el pensador búlgaro Tzvetan Todorov, sostiene que "Los campos totalitarios constituyen con toda evidencia, una situación extrema; sin embargo, yo me he interesado menos en ellos mismos que en la verdad que revelan acerca de situaciones ordinarias" (Todorov, Frente al límite 291). Y reconoce a Primo Levi el descubrir "el macrocosmos de la sociedad totalitaria reproducido en el microcosmos del Lager". Dice al respecto, Todorov:

El campo no es una extravagancia ni una anomalía, sino la consecuencia lógica del proyecto; es a la vez un modelo en miniatura del conjunto de la sociedad y el medio más eficaz de terror, de manera que podría concluirse también que, si una sociedad no dispone de campos, no es verdaderamente totalitaria. No hay más que comparar prisiones y campos para darse cuenta de hasta qué punto estos últimos son una encarnación del límite. (291)

La experiencia totalitaria de los campos de exterminio ha alcanzado, más que ninguna otra en la historia reciente de la humanidad, el poder de conmover al hombre en su condición misma de ser hombre. La conmoción es producto, quizás, de que no hemos encontrado ninguna explicación aceptable ni tampoco podemos vislumbrar una salida a tal estado de vergüenza.
La vergüenza cruza buena parte de la obra de Primo Levi justamente cuando esa misma obra pretende ser considerada, por otros, como testimonio. Cuando su palabra se alza para relatar lo sucedido, el autor no puede dejar de sentir que está vivo y porque está vivo, en consecuencia, la vergüenza se le vuelve presente. Son éstas las cuestiones que intentaremos rastrear en la obra del escritor piamontés y, tratando de entender su experiencia, buscaremos comprender mejor la condición humana a partir de Auschwitz.

1. Una aproximación al concepto de vergüenza en la obra de Primo Levi


Tras los hechos que hemos sabido concebir, ¿Qué nos avergüenza? ¿De qué y por qué podemos sentir vergüenza nosotros, los hombres contemporáneos, herederos de los ideales revolucionarios de 1789 que anunciaban un mundo donde los hombres íbamos a ser libres, hermanos e iguales? Después de haber buscado ser eficientes hasta para matar, ¿qué conmociona nuestra racionalidad heredera del ideal kantiano de perfección moral, a la que la educación ilustrada nos iba a conducir?
    Y aquí Levi puede ayudarnos cuando en Los hundidos y los salvados, retoma un fragmento de La tregua, obra publicada en 1963 pero escrita un par de años después de finalizada la guerra, donde afirma que lo que conmociona es:

"la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo frente a la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad haya sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla (Levi, Los hundidos y los salvados 531).

Para continuar afirmando: "Que muchos (y yo mismo) han experimentado vergüenza", es decir, sentido de culpa, durante la prisión y después, es un hecho cierto y confirmado por numerosos testimonios. Puede parecer absurdo pero es asi" (539-540).

En ese mismo capítulo titulado "La vergüenza", Levi se pregunta y se dice a sí mismo:

¿Es que te avergüenzas de estar vivo en lugar de otro? Y sobre todo ¿de un hombre más generoso, más sensible, más sabio, más útil, más digno de vivir que tú? (...) Se trata sólo de una suposición, de la sombra de una sospecha: de que todos seamos el Caín de nuestros hermanos, de que cada uno de nosotros (y esta vez digo "nosotros" en un sentido muy amplio, incluso universal) hayamos suplantado a nuestro prójimo y estemos viviendo su vida. Es una suposición, pero remuerde; está profundamente anidada, como la carcoma; por fuera no se ve, pero roe y taladra (539-540).

En otra obra, la reflexión de Levi nos muestra cómo operó la lógica del sistema de exterminio para llegar a pensar que sobrevivir no le devolvía la dignidad perdida sino todo lo contrario; lo hacía portador de una vergüenza de la que ya no se sale:
 
Imaginaos ahora a un hombre a quien, además de a sus personas amadas, se le quiten la casa, las costumbres, las ropas, todo, literalmente todo lo que posee: será un hombre vacío, reducido al sufrimiento y a la necesidad, falto de dignidad y de juicio, porque a quien lo ha perdido todo fácilmente le sucede perderse a sí mismo; hasta tal punto que se podrá decidir sin remordimiento su vida o su muerte prescindiendo de cualquier sentimiento de afinidad humana; en el caso más afortunado, apoyándose meramente en la valoración de su utilidad. Comprenderéis ahora el doble significado del término "Campo de aniquilación", y veréis claramente lo que queremos decir con esa frase: yacer en el fondo (Si esto es un hombre 48).

Llegar a pensar que puede haber un hombre más valioso que yo, más digno de la vida que otro cualquiera, pone de manifiesto la eficacia de una maquinaria totalitaria que logró concebir la nefasta y bárbara idea de que el hombre debe demostrar que merece la vida que porta. Levi, víctima de esa maquinaria que basaba su accionar en un proceso eficaz de negación de la condición humana, llega a declarar que no pudo evitar preguntarse por qué sobrevivió él y no otro, mejor que él. Pero también es causa de culpa y de vergüenza pensar que no se hizo nada o al menos que no se hizo lo suficiente para salir de ese estado: "¿Qué culpa? En resumidas cuentas, emergía la conciencia de no haber hecho nada, o lo suficiente, contra el sistema por el que estábamos absorbidos". Y aquí la vergüenza ya no es personal. Estamos ante un concepto que Levi desarrollará en el mismo capítulo y es el de la vergüenza de la condición humana. Así escribe:

Y hay otra vergüenza más grande aún, la vergüenza del mundo. Ha sido dicho memorablemente por John Donne, y citado innumerables veces, con oportunidad y sin ella, que "no hay hombre que sea una isla", y que cada campana que tañe lo hace por todos. (...) (Los hundidos y los salvados 543-544).

    Todo esto para llegar a este poema, El sobreviviente, escrito el 4 de febrero de 1984:

Para B. V.

Since then, at an uncertain hour,
Desde entonces, a una hora incierta,
Aquella pena regresa,
Y si no encuentra quien la escuche,
Quema en su pecho el corazón.
Mira de nuevo los rostros cómplices
Lívidos en la primera luz,
Grises de polvo de cemento,
Imperceptibles en la bruma,
Sus sueños manchados de muerte y angustia:
Por la noche aprietan las mandíbulas
Y bajo el largo peso de los sueños
Rumian invisibles nabos.
"Idos lejos de aquí, los caídos,
Alejaos. Yo nunca suplanté a nadie,
Ni usurpé el pan de nadie,
Nadie ha muerto por mí. Nadie.
Regresad a vuestra niebla.
No es mi culpa si vivo y respiro
Y como y bebo y duermo y visto paños".
                                                             
Trágicamente emparentadas van aquí la vergüenza y la culpa. Culpa por haber sobrevivido, vergüenza por haberlo hecho en lugar de otro.
    Los dos últimos versos del poema, extraídos del canto XXXIII del "Infierno" de Dante, tienen para Giorgio Agamben un doble alcance:

La cita contiene una doble, implícita, referencia al problema de la culpa de los deportados. Por una parte, en el "pozo oscuro" se encuentran los que han traicionado, en particular a sus propios parientes y compañeros; por otra, y no sin una amarga alusión a la propia situación de los supervivientes, el verso citado se refiere a alguien a quien Dante cree vivo, aunque sólo lo esté en apariencia, porque su alma ha sido engullida por la muerte (Agamben, Lo que queda de Auschwitz 95).

    El filósofo Emmanuel Levinas, en su obra De l évasion, citado por Agamben, dice respecto de la vergüenza:

Lo que aparece en la vergüenza es pues precisamente el hecho de estar clavado a sí mismo, la imposibilidad radical de huir de sí para ocultarse a uno mismo, la presencia irremisible del yo ante uno mismo. La desnudez es vergonzosa cuando es la patencia de nuestro ser, de su intimidad última. (...) Lo que la vergüenza descubre es el ser que se descubre (Agamben 109-110).

    Levi, como tantos sobrevivientes, ha sentido la vergüenza de una condición humana que se hizo patente, con una fuerza pocas veces vista, a la misma condición humana. Eso explicaría la vergüenza del justo, porque él y el verdugo son sólo humanos. Porque algo del verdugo pertenece al justo es que la vergüenza se vuelve inevitable; porque somos hombres desnudos frente al hombre es que hemos alcanzado plena conciencia de lo vergonzoso. Algo me avergüenza porque lo que me avergüenza me habita y lo que me habita es el hombre, todos los hombres.
    Tendría sentido afirmar entonces que el sobreviviente es sólo una apariencia devorada por la atroz experiencia vivida. El 7 de febrero de 1946, Primo Levi nos lo muestra a través de El ocaso de Fossoli , cuyos últimos tres versos se remontan al poeta Cayo Valerio Catulo: "Soles occidere et redire possunt;/ Nobis cum semen occidit breuis lux/ Nox est perpetua una dormienda". (Liber V, 4, v. 3-6). De este modo Catulo brinda a Levi la imagen de la muerte. Pero debemos aclarar que el poema original no está orientado a poetizar la muerte sino lo erótico; Catulo le canta a una mujer viva y Levi a una mujer hundida. Lo leemos:

Sé qué quiere decir no regresar.
A través de la alambrada
He visto al sol caer y morir;
Sentí lacerada mi carne
Por la voz del antiguo poeta:
"Los soles pueden caer y regresar:
Nosotros, al extinguirse la breve luz,
Hemos de dormir una noche infinita".
    
    Pero volvamos a Los hundidos y los salvados para, a partir de la vergüenza, llegar al testimonio, la otra cuestión de nuestro trabajo.

2. ¿Es posible el testimonio a partir de la literatura?

Levi cuenta que a su retorno llega a visitarlo un amigo, quien entiende que el escritor piamontés se había salvado justamente porque, desde la escritura, él tenía una función que cumplir; pensamiento que le repugna porque lo devuelve al campo para comprobar, desde su perspectiva, que los salvados eran los peores; los más justos, los buenos, los mejores, se habían hundido. Pero va más allá y dice:

Lo repito, no somos nosotros, los sobrevivientes, los verdaderos testigos. Ésta es una idea incómoda, de la que he adquirido conciencia poco a poco, leyendo las memorias ajenas, y releyendo las mías después de los años. Los sobrevivientes somos una minoría anómala además de exigua: somos aquellos que por sus prevaricaciones, o su habilidad, o su suerte, no han tocado fondo.

Los que tuvimos suerte hemos intentado, con mayor o menor sabiduría, contar no solamente nuestro destino sino también el de los demás, precisamente el de los "hundidos"; pero se ha tratado de una narración "por cuenta de un tercero", la relación de las cosas vistas de cerca pero no experimentadas por uno mismo. (Los hundidos 541-542)

Si bien Levi le asigna a esta función de contar un carácter moral, deja en claro que eso no lo ubica dentro de los mejores. Y no sólo eso, su testimonio no tiene la valía, la fuerza ni la contundencia que podría tener el de los sumergidos. Es una palabra débil que pretende mostrar la contundencia de la barbarie. Y la barbarie, por ser tal, parece no dejarse mostrar a través de la palabra. El testimonio de la muerte sólo lo puede dar la muerte, y eso, lo sabemos, es imposible, al menos en la voz del muerto.
    Sin embargo cuando escribe Shemá, el 10 de enero de 1946, se abre un espacio donde la palabra se vuelve recuerdo pero también y por sobre todo, conciencia moral. Lo recordamos:

Vosotros que vivís tranquilos
En vuestras cálidas casas.
Vosotros que, al entrar la noche,
Encontráis humeante alimento y rostros amigos:

Considerad si esto es un hombre,
Quien trabaja en el fango
Quien no tiene quietud
Quien lucha por un trozo de pan
Quien muere por un sí o un no.
Considerad si esto es una mujer,
Sin cabello y sin nombre
Sin fuerza para recordar
Vacías miradas y fríos regazos
Como una rana en el invierno.

Meditad en que esto sucedió:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Ya en casa ya en la calle,
Al dormir y al despertar:
Repetidlas a vuestros hijos.
O se derrumbe vuestra casa,
Os aniquile la enfermedad,
Os vuelvan la espalda vuestros descendientes. (Rastier 10)

    Schemá, en hebreo, "¡Escucha!". Primera palabra de la plegaria judía que afirma la unidad de Dios. Pero en la obra de Levi lo que se propone para ser escuchado no es sólo lo sucedido sino también la pregunta acerca de la condición del hombre en las circunstancias descriptas. ¿Es esto un hombre? La humanidad al límite de la pérdida de la condición que la define: ¿es esto? Una pregunta que persigue la conciencia. Ahí, donde sólo parece haber lugar para la calidez del hogar, ahí es donde el hombre no debe olvidar que el límite que puede negarlo como hombre es lo suficientemente débil y que con el olvido sería suficiente para traspasarlo y perderse "en una noche infinita".

Consideraciones finales

Quizás sea Levi quien, al tomar la función de narrador de historias, busque comprender las razones del exterminio que son, hay que decirlo, las razones del hombre. Es Levi, que tomando conciencia, siente la vergüenza de haber regresado y el dolor de haber sobrevivido. Es Levi, quien bebiendo en las fuentes míticas y literarias de Occidente, trata de narrar lo sucedido, de soportar sus consecuencias y de evitar, a través de la conciencia, la repetida aniquilación de lo humano. En los últimos 4 versos de un bello poema, "La niña de Pompeya", del 20 de noviembre de 1984, escribe:

Poderosos de la tierra, dueños de venenos nuevos,
Tristes guardianes secretos del trueno final,
Los tormentos que el cielo nos envía son suficientes.
Antes de que vuestro dedo apriete el botón, deteneos, y pensad.

Podríamos llegar a discutir con Adorno si después de Auschwitz puede haber poesía, pero lo que parece innegable es que otra vez la literatura, aun débilmente, puede hacer hablar a la muda vergüenza. Porque la vergüenza nos deja parados frente a estos hechos como a un niño descubierto espiando a través de la cerradura; mudos y estupefactos. Pero no se sale de nuestra menesterosidad si no es con otro, no se le gana a la mudez de la violencia vergonzosa si no es con palabras. Y no hay palabras que decir si no hay memoria que las recuerde.
Si hay olvido no hay identidad, por eso olvidar es morir: "En vez de tramarles la muerte, les hicieron su fruto comer", narra la aventura literaria de Homero cuando nos cuenta el encuentro con los lotófagos y la flor del loto que anula la capacidad de la memoria. La palabra que narra nuestra historia nos recuerda quiénes somos pero por sobre todo nos recuerda qué somos, cuerpos revestidos de palabras, carne y palabra; hombres, no más que eso, nunca menos que eso.


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CATEGORÍAS: Filosofía, Holocausto
ISSN: 1022-9833