Acerca de "Que paz es posible"

Dieciocho respuestas en clave interreligiosa a una pregunta difícil

Un libro es una luz que se enciende, a veces en medio de penumbras. Escribir un libro es un alumbramiento, es como dar a luz. Esa luz es más viva si el contenido es la paz, y la perspectiva es más rica si se proyecta desde la interculturalidad. Cuando dieciocho expertos en distintas disciplinas provenientes de diversas tradiciones espirituales se reúnen para una reflexión en común sobre la paz, una luz se ha encendido y brilla en la oscuridad.

Un itinerario común

El diálogo interreligioso, ampliado o enriquecido en nuestros días en el concepto más amplio y comprensivo de diálogo intercultural, ha tenido siempre, desde sus inicios y como uno de sus principales ejes, el tema de la paz.
En efecto, desde el comienzo mismo del moderno movimiento del diálogo interreligioso, que podemos situar a partir del Parlamento Mundial de las Religiones, reunido por primera vez en 1893,  la paz se ha constituido en un valor primordial de este nuevo espíritu dialogal.

Nuevamente convocado en Chicago a los cien años, el Parlamento aprobó un decálogo para una ética mundial que en su punto tercero expresa esta categoría: "Es urgente crear una cultura de la no violencia y del respeto hacia cada ser vivo". Me parece interesante subrayar este último concepto de ser viviente, que incluye la visión ecológica propia de nuestro tiempo.
Entre otras numerosas iniciativas, y a título ejemplificador,  puede mencionarse la Conferencia Mundial de las Religiones por la Paz, reunida por primera vez en Kioto, Japón, en 1970, cuyos objetivos son la protección de la tierra, el fin de la pobreza, y el cese de las guerras.

Una nueva  mentalidad pacifista ha venido ganando terreno a partir del fin de la segunda guerra mundial y ella involucra en medida muy importante como uno de sus motores la matriz religiosa. Esto no ocurría sino muy raramente en el periodo anterior.
Esta sensibilidad que hasta ahora ha sido patrimonio de minorías, se puede decir que hoy ya llega a expresarse de un modo más general en movimientos sociales de carácter masivo, al punto de que como un indicio de ello, el instituto jurídico de la objeción de conciencia se ha generalizado y es ahora aceptado de un modo habitual en la legislación y en la jurisprudencia y en el marco general de la opinión pública.

En un sentido similar, el Consejo Mundial de Iglesias, entre otras propuestas, ha venido realizando reuniones con diferentes tradiciones religiosas para promover la paz, la justicia y la defensa de la creación.

Ha adquirido particular resonancia, desde que comenzó en 1968, la celebración establecida por la Santa Sede del primero de enero de cada año como día mundial de la paz y en 1986 el encuentro interreligioso en Asís, continuado en el llamado "espíritu de Asís" por otros como los promovidos por la Comunidad de San Egidio.

Constituyen ya hoy una cada vez más viva realidad  los impulsos de diversas instituciones religiosas e interconfesionales que en todo el mundo, también transitan ese mismo camino.

La paz en el diálogo local

En Argentina podría señalarse como un eco de este gran movimiento el Encuentro Nacional por la Paz organizado por la Comisión Episcopal de Ecumenismo, Relaciones con el Judaísmo, el Islam y las Religiones en el año 2005.

En la historia del diálogo interreligioso en la Argentina puede mencionarse como un momento muy significativo la fundación del Instituto Superior de Estudios Religiosos (ISER) en el año 1967, constituido como un lugar de encuentro de las tres ramas confesionales  del judeocristianismo argentino, con los objetivos de convivencia y comprensión mutua. Inspirado en ellos, puede decirse que el Instituto ha construido a lo largo de estos años un espacio de reflexión teológica y filosófica.

El diálogo interreligioso asume diversas dimensiones: social, teológica y cultural, cada una de las cuales con su propio valor e identidad. A menudo se escuchan opiniones sobre la conveniencia de una u otra, y me parece que las tres son necesarias en su complementariedad. Cuando el objeto del diálogo es la paz, estas mismas tres dimensiones se encuentran imbricadas en esta temática única.

 De Ecclesiam Suam a Verbum Domini: Un diálogo para la paz

El papa Pablo VI enunció en su emblemática encíclica sobre el diálogo, Ecclesiam Suam, un programa para los fieles cristianos, trazando tres círculos concéntricos en relación a su temática o el contenido. El tercero tiene como objeto  todo lo que es humano, el segundo se remite a los que creen en Dios, y el primero a los hermanos separados del original tronco cristiano, lo que designa propiamente el ecumenismo.

Pero también y ya en el comienzo del mismo  documento,  el pontífice deja significativamente expresado su celo cristiano por la paz, como vicario en la tierra del que fuera llamado Príncipe de la Paz y como cabeza de su Iglesia, cuya misión es promover en todo el género humano la unidad, el amor y la paz. En la sua volontade è nostra pace, escucha sentenciar Dante en el canto tercero del Paraíso: en la voluntad de Dios está nuestra paz.

Más adelante el mismo texto muestra su confianza en que el diálogo pueda ayudar a la causa de la paz entre los hombres de dos maneras: como método que trata de regular las relaciones humanas a la luz de un lenguaje sincero, y como contribución de experiencia y de sabiduría que puede reavivar en todos la consideración de los valores supremos. Un diálogo desinteresado, objetivo y leal -dice Pablo VI- puede difundir eficazmente en todos los espíritus  el sentido, el gusto  y el deber de la paz.
Recientemente el papa Benedicto XVI ha dado a conocer la exhortación apostólica Verbum Domini, escrita a partir de las conclusiones del último sínodo de obispos sobre La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, donde vuelve a tratar sobre el diálogo religioso con ocasión de la comunicación interreligiosa entre el judaísmo, el Islam y las demás religiones. Al finalizar  el tratamiento del tema, el Papa recuerda un texto de su antecesor hablando a jóvenes musulmanes en Casablanca: "El respeto y el diálogo requieren, consiguientemente, la reciprocidad en todos los terrenos, sobre todo en lo que concierne a las libertades fundamentales, y en particular, a la libertad religiosa. Favorecen la paz y el entendimiento entre los pueblos".

La paz global

Sin embargo, y sin desconsiderar estos objetivos éticos tantas veces incumplidos en el diálogo social, cuando nos situamos en esta perspectiva de la paz y la religión, aparecen como evidentes algunas realidades contrastantes, que no es posible desconocer, como la fundamentación de la praxis social en motivaciones de exclusivismo religioso que ha llevado  a tantas situaciones de tensión e incluso de guerra en toda la historia de la humanidad, pero también ha de reconocerse la simiente de paz que se encuentra en la misma raíz de la  dimensión religiosa, comenzando por el propio corazón de cada ser humano.
René Girard ha aportado una de las mejores reflexiones sobre la violencia y lo sagrado, mostrando sus íntimas conexiones. Según Girard, en las culturas primitivas se sacrificaba al culpable con la muerte, así como  hoy se intenta eliminar a quien se juzga tal. Aunque se considera que la paz  es el fruto de esa eliminación (figurada o real) del enemigo,  sin embargo,  y según el filósofo, ella  no haría más que preparar  los nuevos escenarios de la violencia, donde se esconde una mímesis.
En el escenario de la sociedad global se ha  desplegado en la posmodernidad  la amenaza  pendiente del fundamentalismo, también expresivo tanto en Oriente como en Occidente,  de teologías políticas de neto corte belicista. Los atentados que han sembrado el terror en las grandes capitales y la teoría de la guerra preventiva forman parte de este nuevo escenario internacional.

En nuestro propio país (Argentina) hemos tenido en  nuestro reciente pasado la amarga experiencia de una guerra entre dos antagonismos irreconciliables, que siendo tan opuestos aparecen sin embargo ambos fundamentados en algunas de sus expresiones en una misma concepción político-religiosa en la que se pueden encontrar  claves teológicas comunes.
 De manera simultánea y en un sentido inverso, la misma posmodernidad  signada por el proceso de globalización muestra un componente de relativismo cultural que desdibuja las identidades,  homologando los comportamientos y estilos de vida en una verdadera amalgama que imposibilita un verdadero diálogo intercultural.

De este modo, el panorama actual presenta una oposición, típica de la sensibilidad posmoderna,  entre los grupos de naturaleza integrista y fundamentalista y los de corte relativista y subjetivista, que se presenta como  la ideología primaria y hegemónica del comienzo de milenio.

Debe anotarse, de otra parte, que en la nueva constelación de religiosidades místico-esotéricas que ha irrumpido en este panorama en la segunda mitad del siglo pasado, se encuentran también  algunos valores positivos a esta causa de la paz, como la idea de una convergencia fundamental, la creencia en una tradición universal primordial y la voluntad de fraternidad universal. Asistimos asimismo a una mundialización de los llamados nuevos  movimientos religiosos, muchos de los cuales tienen hoy una extensión planetaria.

La complejidad de esta problemática no deja de suscitar profundas dudas, sobre todo cuando las realidades están muy alejadas de las aspiraciones, que muchas veces no consiguen encarnarse en propuestas concretas. Una percepción actual consiste en la necesidad de encontrar un lenguaje ético común, -una ética global, que pueda superar la trampa relativista-  que al mismo tiempo define un espacio de autonomía respecto de lo religioso, y en ese sentido las religiones pueden cumplir un rol decisivo en la cuestión. La declaración universal de derechos fundamentales ha sido sin duda un gran paso en dicha dirección, pero ella se revela hoy claramente insuficiente.

Diversas instancias de sede religiosa han comenzado a hacer oír su voz de una manera cada vez más concordante. Es una sinfonía que habrá de escribirse cara al futuro de una manera conjunta y no como imposición de un conductor único. "Estoy persuadido  de que las religiones tendrán hoy y mañana una función eminente para la conservación de la paz y para la construcción de una sociedad digna del hombre", fue unos de los últimos conceptos con los que Juan Pablo II quiso concluir su encíclica quizás más importante en materia social, en conmemoración del centésimo aniversario de Rerum Novarum, el documento liminar y matriz de la actual doctrina social de la Iglesia.

De otra parte, fue esta misma la preocupación dominante en el espíritu de Shmuel Hadas -un varón justo de nuestro tiempo- durante los últimos años de su vida. Luego de haber sido el primer embajador del Estado de Israel ante la Santa sede, tras una gestión exitosa en la firma del acuerdo concertado entre ambos, Hadas desarrolló una fructuosa actividad en la que por diversos caminos trató de influir para que en el terreno del diálogo interreligioso fuera éste un tema de agenda permanente. Fui un testigo privilegiado de ello y pude recoger su preciosa enseñanza que valoramos como un auténtico legado espiritual.

La paz es posible

"¿Qué paz es posible?" Aportes desde el diálogo interreligioso" es el resultado de la labor del Instituto Superior de Estudios religiosos (ISER), que constituye una verdadera respuesta a esta realidad desafiante.
En este nuevo fruto puede advertirse el trabajo de  dieciocho especialistas  pertenecientes a diversas disciplinas y tradiciones religiosas,  judía, católica (incluyendo las iglesias orientales) y protestante, también budista, que se reunieron el pasado año bajo la convocatoria del Instituto y de Celina Lértora Mendoza como coordinadora general de la reunión.

El eje de este encuentro lo constituye  el tema de la paz posible a través de los textos bíblicos, la tradición teológica judeocristiana, la reflexión teológica actual y las prácticas interreligiosas.

En el eje bíblico participaron la rabina Graciela de Grynberg, el presbítero Aldo Ranieri y el reverendo Néstor Míguez, y el foro estuvo integrado por el licenciado Ricardo Abud, la licenciada Claudia Mendoza y el rabino Gabriel Arnaldo Minkowicz, coordinados por el reverendo Pablo Andiñach.

En el eje aportes de la tradición estuvieron presentes el rabino Abraham Skorka, la doctora Celina Lértora Mendoza y el reverendo Jerónimo Granados; el foro de este eje lo integraron Martha de Antueno, el doctor Pablo Ubierna y el rabino Felipe Yafe, bajo la coordinación de la doctora Diana Rocco.

En el eje reflexión actual expusieron el cardenal Jorge Mejía y el reverendo Emilio Monti, y en el foro, los doctores José Luis Damis, José Menascé y Ana Zagari, coordinados por el reverendo Pablo Ferrer.

En el eje prácticas interreligiosas de pacificación intervinieron el rabino Daniel Goldman, el licenciado Marco Gallo y Aldo Etchegoyen, y en el foro, la doctora María Rosa Fernández Lemoine, la licenciada Andrea Hojman y la rabina Sarina Vita, con la coordinación del doctor Roger Calles.

Entre los ensayos felizmente editados como  un fruto del coloquio pueden mencionarse, a título de muestra del contenido, el de Aldo Ranieri, una exégesis veterotestamentaria donde el autor se interroga sobre la presencia del mal en relación a la persona divina,  y el de Cecilia Lértora Mendoza, quien traza una síntesis de la doctrina agustiniana de la guerra justa a la luz de la posterior perspectiva tomista, y su consolidación  en la teología-filosofía escolástica hasta el magisterio pontificio en nuestro tiempo . La autora extiende su tratamiento a la actualidad con el pensamiento de Michael Walzer, quien ha relanzado en nuestros días la doctrina tradicional de la guerra justa, donde también se percibe el eco agustiniano.

Jerónimo José Granados desarrolla la perspectiva histórico-teológica en la sensibilidad luterana, estudiando la responsabilidad cristiana ante la violencia, con particular consideración del pensamiento y la personalidad de Dietrich Bonhoeffer, donde se destaca el enfoque teológico-moral en situaciones límite, como la sobrevenida con la tragedia suscitada por el nacionalsocialismo. Pablo Ubierna sitúa su temática en el mundo bizantino, desde donde extrae la herencia de una convivencia multicultural.

Sobre el sentido cristiano de la paz según la sensibilidad de la Santa Sede,  reflexiona Jorge Mejía en un ensayo donde reseña algunos momentos fundamentales del patrimonio doctrinal-moral del magisterio romano. Su testimonio como protagonista calificado de la reunión de Asís (1986) confiere a este trabajo un particular valor. El rabino Abraham Skorka se centra en la tradición judía con un excursus en el pensamiento de Maimónides y Aldo Etchegoyen traza una conexión de la temática  propia del coloquio con el compromiso social, imbricada en su propia experiencia personal.

La luz de la verdad

Más allá de la calidad intelectual y científica  de una perspectiva plural debe valorarse positivamente el clima conseguido en este encuentro, así como en general en las actividades del instituto, que debe ser ponderado como un tributo o un rasgo de su propia identidad.

En un libro publicado hace algunos años, el entonces cardenal Ratzinger se preguntaba qué puede hacer su propia religión, la fe católica, para la solución de los grandes problemas de la paz y la justicia.  En este ensayo el cardenal se pronuncia en oposición a un "consejo de paz" de las religiones, pues a la Iglesia no le es lícito convertirse en un movimiento político pacifista. Al concluir su trabajo, el autor suscribe un concepto del metropolitano ortodoxo Damaskinos: la más preciosa contribución de las religiones a la paz se centra en el testimonio del amor. Años más tarde, ya elegido pontífice romano, Ratzinger tituló así su primer encíclica: Dios es amor.

Finalmente, acaba de publicarse un libro-reportaje al Papa significativamente titulado con la letra manuscrita del mismo Papa, cuyo título es "luz del mundo". En el comienzo se presentó al libro en abstracto como una luz, pero es en este libro concreto donde se advierte su capacidad de alumbramiento de las verdades esenciales que hacen posible crear el marco de una convivencia pacífica. En esto reside su valor.

Es notorio que la palabra luz tiene una significación siempre muy especial en el lenguaje religioso. La iluminación, no sólo en el budismo, sino en cualquier ascesis religiosa, designa la perfección espiritual. Coincidiendo con la última parte del año cristiano y por lo tanto con la celebración de la natividad mesiánica, el judaísmo celebra la festividad de las luminarias, Janucá, mediante el encendido de luces, como en el adviento también existe la costumbre del cirio pascual. "El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz", se lee en el comienzo del capítulo nueve de Isaías.

En las más diversas  tradiciones, las almas, tras la muerte, llegan a una "región de luz". Los nombres divinos en casi todos los pueblos creyentes en una divinidad celeste siempre significan en sentido etimológico  luz,  claridad, cielo. Los ojos de Yahwéh "son mil veces más luminosos que el Sol" (Eccli 23,28), "su rostro, esplendente» (lob 33,26), y está "revestido de luz como de un manto" (Ps 104,2).

Jesucristo encarna esta descripción bíblica en la transfiguración, donde se muestra resplandeciente, como el sol  y sus vestidos se hicieron blancos como la luz (Mt, 17,2). El se define a sí mismo y a su misión como una luz: "Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas" Jn 12, 44-50. Este libro tiene en sí esa luz de verdad, de bien y de belleza.

Nuestra alegría es grande, porque se ha encendido una luz.

CATEGORÍAS: Interreligioso
ISSN: 1022-9833